Perder la cabeza no es de cuentos, es de realidades dibujadas en las paredes, es de pinturas rupestres calcadas en el corazón a fuego y cincel.
Perder la cordura no es de historietas, es de amor y desamor, de llantos cubiertos por sábanas, ahogados bajo la regadera y ocultos tras la inquieta sonrisa, esa que las mata deprisa, esa que nos hace distantes, esa que nos vuelve extranjeros de nuestra propia nación, esa que nos mata la duda y nos deja en deuda, esa que nos quita con el tiempo el llanto, pero que no destruye la pena.
Perder el corazón no es de novelas, es de novatos y sinceros retratos, es de entregar y no obtener el cambio, es de contratos con letra chica, con reglas que no se aplican, con desnudez temprana y palabras vanas, es de horror por la soledad y por no quedarse atado bajo la cama.
Perder el amor de la vida es una ironía, es un plagio a alguna película en boga, es recordar las fotos de tu madre vestida de novia y emparejar la vereda entre una caminata y otra, es de rebeldía y negación, es de desencuentros y encuentros nuevos en cada estación, es de engañarse a uno mismo, encontrando en todo roce un nuevo y reluciente amor, pero no es de constancia, no es de plegarías, no es de acción, es más de recuerdos y memorias arrancadas de el jardín vecino y plantadas en el propio en repetidas oportunidades.
Perderse a uno mismo es un pecado, mortal, implacable y descerebrado, letal, ignorante y atorado, inmoral y absolutamente equivocado, pero también es necesario para encontrarse luego y todos sabemos que cuando dejas a un niño escapar, vuelve mayor, vuelve sereno y vuelve menos equivocado.
- Kirhion